O’Higgins
Estamos en agosto, en que celebraremos con orgullo un nuevo natalicio del prócer epónimo, momento oportuno para recordar en la brevedad de esta columna, algunas facetas de su múltiple personalidad y de su pensamiento, que permanece vivo.
Es bueno traer a la memoria la vocación de labrador que sintió una vez que tomó posesión de la Hacienda Las Canteras, legado de su ausente padre, don Ambrosio, que en su muerte lo recordó y le asignó en su testamento dicho predio, que era de varios miles de hectáreas, con un ganado abundante.
O’Higgins se instaló en el predio, vivió allí, vistió los aperos y compartió, codo a codo con sus huasos, las arduas tareas propias del campo, tan hermosamente descritas en la novela “El mulato Riquelme”, de Fernando Santiván.
Tal vez sea esta la faceta más olvidada o desconocida del hombre gigantesco que, plasmado en el bronce, preside hoy desde nuestra Plaza de los Héroes el futuro de Rancagua y de Chile. ¿Cómo imaginar a ese tremendo guerrero y gobernante dedicado a las humildes labores del campo, con tesón y amor?
Esa vocación fluye nítida en carta dirigida a don Juan Mackenna, el 5 de enero de 1811, en momentos en que se aprestaba a tomar la crucial decisión de involucrarse activamente en el movimiento revolucionario que conduciría a nuestra independencia, en la cual le expresa: “La carrera a que me siento inclinado por naturaleza y carácter es la de labrador. Debo a la liberalidad del mejor de los padres una buena educación, principios morales sólidos y la convicción de la importancia primordial que tienen el trabajo y la honradez en el mérito del hombre, gozando, además, de una salud robusta, que ningún exceso ha menoscabado…En tales condiciones hubiera podido llegar a ser un buen campesino y un ciudadano útil, y, si me hubiera tocado en suerte nacer en Gran Bretaña o en Irlanda, habría vivido y muerto en el campo. Pero he respirado por primera vez en Chile y no puedo olvidar lo que le debo a mi Patria”.
Nótese el dejo de nostalgia, unida a la recia decisión que nace en su alma que se trasluce en estas breves líneas.
Por una parte, la confesión de que las labores agrícolas lo interpretan, lo llaman a realizarse como persona, pero a la vez, la incondicional sumisión al destino de la Patria, que clama por desgarrar sus cadenas y abrirse un sitio propio, como nación independiente, en el concierto de las naciones del orbe.
Ya se advierte aquí, una de las características más profundas del prócer: el sacrificio de su interés y vocación personales, ante el llamado a servir a la Patria, sabiendo o intuyendo que no solo saldrá de la esfera de actividades que le motivan y satisfacen, sino además a soportar las angustias, los dolores, la ruina económica, que es el precio que se debe pagar por los grandes hombres para elevarse a la gloria inmortal.
Sin duda, en el corazón del hombre visionario se advierten y anticipan tales desgracias, y de allí el toque nostálgico de la frase “si me hubiera tocado en suerte nacer en Gran Bretaña o Irlanda…”, casi deseándolo, pues ello le habría evitado la fatal incorporación a la guerra, para luego concluir con el fatalismo propio de todo chileno bien nacido: “Pero he respirado por primera vez en Chile y no puedo olvidar lo que le debo a mi Patria”.
Recalco que el pensamiento de O’Higgins está vivo, porque frases como “la importancia primordial que tienen el trabajo y la honradez en el mérito del hombre”, contenida en la carta que hemos comentado, quisiéramos verlas siempre presentes en los labios y en el corazón de muchos de nuestros compatriotas, especialmente de quienes son o aspiran a ser líderes, en cuanto el servicio a la Patria no pasa por los cargos bien remunerados, por las ventajas consistentes en sabrosos contratos, con el lucimiento en cargos parlamentarios cuyo fruto muchas veces es nulo, ni con el cuoteo que inficiona nuestros hábitos administrativos, dejando afuera a muchos competentes por no pertenecer a las filas de los vencedores.
¡No!, señores: el servicio a la Patria es torcer la voluntad y los intereses personales, para entregarse a una vocación colectiva superior, cultivando el trabajo y la honradez: ese es el mensaje o’higginiano.
O’Higgins lo sigue predicando y pidiendo así, desde la inmortalidad. ¡Oigamos su voz!
Mario Barrientos Ossa
Del Instituto O’Higginiano