Día de la Madre
Este día, que se celebra este domingo, nos llena el corazón de nostalgia y emociones muy profundas.
¡Cuánto amor inmenso y puro, cuántos cuidados tiernos, cuántas enseñanzas!, nos entregaste, a mí y a mis hermanos, mamacita querida, que hoy te recuerdo con tanta nostalgia, sintiendo la pena enorme de no poder estrecharte entre mis brazos y besar tu frente noble, porque ya no estás físicamente con nosotros. Qué pena no poder decirte, mirando tus bellos ojos, ¡gracias, mamá!, por todos tus sacrificios, por haber cumplido tan fielmente esta maravillosa tarea de ser madre. Como una estrella reluciente, como un lucero de diamantinas luces, subiste al cielo, tu reino natural por tus virtudes, para guiñarnos desde lo alto y seguir diciéndonos que nos amas de todo corazón.
¡Claro!, ya no tienes boca, por lo cual no puedes hablarnos como los mortales, pero como una madre nunca nos deja, ahora nos hablas al corazón, en él resuena tu voz llena de cariños y consejos sabios, en él escucho tu risa cristalina, alegre, y también llegan hasta allí tus canciones, tus poemas, ¡tantas cosas que nos regalaste y enseñaste en tu fecunda vida terrenal!
Es curioso, eras tan dulce, tan femenina, al estilo de las antiguas mujeres de sociedad, entera de tu casa y de tu familia, pero cuando sentiste que la patria estaba en peligro, cuando tu alma sintió que cosas malas sucedían en nuestro país, cuando esos valores y hermosas lecciones patrióticas que nos relatabas en el seno del hogar estuvieron en peligro, saliste a la calle, como una leona, dando fe que no eran simples palabras, a exigir que la libertad y el orden se mantuvieran. Juntos marchamos con miles. Así es la gran mujer chilena. Nos dejaste un imperativo irrenunciable de que la patria y su libertad están siempre primero, que Dios ama el orden, lo que jamás hemos olvidado y hemos transmitido a nuestras hijas.
Vuelve mi alma a esos días en que crecimos, hicimos nuestro propio hogar, y te llevamos a tus nietos, los cuales acunaste en tu regazo, ya frágil por el paso de los años, con ese mismo amor que nos diste cuando esos niños pequeños éramos nosotros.
Primero se nos fue nuestro Rinito querido, luego te marchaste tú, y aquí estamos hoy, peinando canas, con nuestros propios nietos, recordándote con todo el corazón, bendiciéndote por todo lo que hiciste, rogando que estés en paz, en el cielo que tanto te mereciste, y que, como dice Gervasio en una hermosa canción, “que el Señor te diga que tus nietos crecen bien”.
Mi amada madre, al decirte estas palabras que me nacen del alma, lo hago como un homenaje a ti y a todas las madres, haciéndoles llegar nuestro saludo en este día en que todos recordamos a esa mujer maravillosa que, no solo nos trajo al mundo, ¡nos enseñó a vivir!
Mario Barrientos Ossa